Macri se cerró justo cuando se abrió Cristina

11:38 | Al Presidente no le alcanzó la remontada final porque perdió los votos decisivos en el Gran Buenos Aires.
Al contrario de los terremotos y los tsunamis, que pueden anticipar los caballos o los pájaros pero jamás los seres humanos, siempre se está a tiempo de advertir el advenimiento de las tragedias políticas. Esas pequeñas señales nunca fueron escuchadas por Mauricio Macri, quien en octubre de 2017 derrotó por segunda vez al kirchnerismo y creyó que su destino electoral estaba marcado para siempre por las cartas del triunfo.

Apenas dos años después, el Presidente tendrá que administrar con extrema generosidad sus próximas decisiones para atravesar otro dramático período de transición y entregarle los atributos del poder a su sucesor, Alberto Fernández. Una recompensa que no pudieron tener Raúl Alfonsín ni Fernando de la Rúa, por carencias propias, y a la que se negó Cristina Kirchner, por los egoísmos incomprensibles del país adolescente.

Los dos compañeros de ruta más importantes de Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, se lo advirtieron en dos oportunidades. La primera fue aquel domingo 2 de setiembre de 2018. La economía llevaba cuatro meses de derrumbe por la devaluación de abril y el Presidente evaluaba en la Quinta de Olivos un cambio de gabinete que le diera oxígeno y convirtiera a Cambiemos en una coalición de gobierno más homogénea que el frente electoral exitoso que había sido hasta ese momento.

Al contrario de los terremotos y los tsunamis, que pueden anticipar los caballos o los pájaros pero jamás los seres humanos, siempre se está a tiempo de advertir el advenimiento de las tragedias políticas. Esas pequeñas señales nunca fueron escuchadas por Mauricio Macri, quien en octubre de 2017 derrotó por segunda vez al kirchnerismo y creyó que su destino electoral estaba marcado para siempre por las cartas del triunfo. Apenas dos años después, el Presidente tendrá que administrar con extrema generosidad sus próximas decisiones para atravesar otro dramático período de transición y entregarle los atributos del poder a su sucesor, Alberto Fernández. Una recompensa que no pudieron tener Raúl Alfonsín ni Fernando de la Rúa, por carencias propias, y a la que se negó Cristina Kirchner, por los egoísmos incomprensibles del país adolescente.

Los dos compañeros de ruta más importantes de Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, se lo advirtieron en dos oportunidades. La primera fue aquel domingo 2 de setiembre de 2018. La economía llevaba cuatro meses de derrumbe por la devaluación de abril y el Presidente evaluaba en la Quinta de Olivos un cambio de gabinete que le diera oxígeno y convirtiera a Cambiemos en una coalición de gobierno más homogénea que el frente electoral exitoso que había sido hasta ese momento.

La política contra fáctica no permite saber si esas decisiones hubieran cambiado el destino de Macri. Lo que sí se sabe es que, con las decisiones que tomó el Presidente, el círculo de sus colaboradores de confianza se fue cerrando y comenzó el tiempo de las derrotas. Una palabra que hasta entonces no se pronunciaba en el PRO ni en el Frente Cambiemos. El dogma de aquel grupo de dirigentes que desplazó al kirchnerismo del poder eran los conceptos positivistas al ritmo de las canciones de Tan Biónica. El futuro era inconmensurable y la parafernalia no permitía escuchar las voces de la autocrítica. Ni la de los amigos como Rodríguez Larreta ni la de Vidal. Ni la de los radicales como Sanz o la de Alfredo Cornejo. Y mucho menos las voces de Emilio Monzó o de Rogelio Frigerio. Como sucede en los grupos que comienzan a asfixiarse, las advertencias eran demonizadas como si cada una de ellas fuera simplemente una traición.

El ánimo conspirativo creció con las adversidades. Las devaluaciones cada vez más frecuentes y el fantasma de la inflación fueron mellando el espíritu de superioridad. Ese fue el aceite que cubrió el último de los intentos para revertir el camino en declive que conducía a la derrota. Y, otra vez, las miradas se posaron sobre Vidal, la gobernadora que conservaba la mejor imagen en todas las encuestas nacionales y podía convertirse en la válvula de oxígeno que pusiera a salvo el sistema. Un pequeño grupo de empresarios, todos amigos entrañables de Macri, empezaron a promover lo que en secreto llamaban el “Plan V”. Una martingala electoral en la que Mauricio debería hacer un renunciamiento público a su reelección y María Eugenia reemplazarlo como la candidata presidencial del nuevo cambio. Joven, mujer de clase media, separada y luchadora, sin cuentas en el exterior ni acciones empresarias fisgoneadas por los Panama Papers. La propuesta tuvo su cénit en abril de este año, cuando el dólar empezaba a escaparse sin remedio de las redes ineficaces del Banco Central.
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