Cristina, Macri y la parábola de Cuchuflito

10:56 | La economía real y el conflicto aeronáutico se metieron en la campaña electoral y a pocos días de las PASO.
Ni aquel enojo rampante de fin del año pasado. Ni las ojeras depresivas que gobernaban la Casa Rosada en las semanas de marzo y abril. Mauricio Macri espera las PASO con la ventaja táctica de la serenidad. La suma del efecto Pichetto, el dólar algo más estable y las encuestas con números en repunte le devolvieron la calma previa a otras elecciones. Esta vez no están los consejos de Sri Sri Ravi Shankar, entretenido en estos días en atender las necesidades básicas insatisfechas del chavista Nicolás Maduro. Pero sí una suerte de fatalismo electoral para esperar el futuro. Apenas en diecisiete días sabrá si ese estado de ánimo es suficiente para obtener un resultado positivo.

Y tanto ha cambiado el aire que se respira en los despachos macristas que el Presidente volvió a revolcarse en las polémicas de campaña. Incluso en el terreno más complicado para el Gobierno: el de la economía real que Cristina Kirchner agitó echando a mano a su frondoso diccionario personal de neologismos. Se refirió a las segundas marcas del consumo como “Pindonga y Cuchuflito”, arrastrando al oficialismo a discutir sobre una de las derivaciones más perjudiciales de la recesión. Se mire como se mire, es un mal negocio en la recta final los comicios.

Sin embargo, Macri se metió solito en la discusión con la ex presidenta. “Muchos pequeños productores, vinculados a Pymes que no tienen marcas tan conocidas como Cuchuflito, están muy orgullosos de sus productos”, ironizó el miércoles en un acto en Sunchales, provincia de Santa Fe. El Presidente es un candidato disciplinado que se somete sin chistar al laboratorio de campaña que conduce Marcos Peña. Nada es casualidad. El Gobierno intenta ganar una pulseada que evidentemente le molesta centrando el discurso en la defensa de las Pymes. Justamente el sector productivo que más sufre el efecto corrosivo de la suba de los servicios y la caída de las ventas.

La batalla se vuelve más favorable cuando irrumpen las células impredecibles del kirchnerismo. Los mensajes electorales apenas encubiertos que transmiten los pilotos del gremialista Pablo Biró en los aviones pasaron de algunos aplausos y cierto jolgorio inicial al final abrupto ante los episodios de hostilidad que comenzaron a multiplicarse en las naves de Aerolíneas Argentinas. El más relevante de todos los incidentes involucró al actor Luis Brandoni, de histórica militancia radical y quien siempre ha expresado públicamente su respaldo a Macri.

“Acá no”, fue la única queja del protagonista de “Darse cuenta” que pedía que el alegato político se hiciera en un ámbito diferente, mientras otros pasajeros lanzaban reclamos mucho más duros contra los pilotos. Un joven que también viajaba en el avión de cabotaje lo increpó acusándolo de antidemocrático. Su desconocimiento de la historia reciente del país le ayudó a caer irremediablemente en el ridículo. Brandoni fue el secretario de la Asociación Argentina de Actores entre 1974 y 1983, años oscuros en los que enfrentó a los combatientes de la intolerancia y a los administradores de la muerte. Treinta segundos en Google le hubieran permitido saber que el hombre al que le faltó el respeto había tenido que ir hacia el exilio del país adolescente, amenazado por el fascismo de la Triple A.

Brandoni dio en el clavo de una de las tantas desgracias argentinas. Tomar los bienes del Estado como propios en vez de tratarlos como propiedad de todos los argentinos. “Creen que los aviones son de ellos y son empleados de una empresa”, reflexionó el actor, sobre un fenómeno de utilización que se repite en los trenes, en las aulas y en las rutas. A diferencia de lo que ocurre cuando se discute sobre la gestión fallida de la economía real, el Gobierno se siente más cómodo debatiendo contra los reflejos autoritarios de los kirchneristas Pablo Biró o Roberto Baradel. “Son los Daddy Brieva del gremialismo”, les llaman en la intimidad dirigentes y sindicalistas del peronismo, ya cansados de una metodología que creen perjudicial. Por eso es que el comando de campaña K les pidió a varios de sus referentes gremiales y piqueteros que limitaran los actos de protesta que generan malhumor social. La grieta volverá descubrirse hoy, durante la marcha de aeronáuticos que puede complicar el funcionamiento de Aeroparque.

Cualquier dirigente opositor tiene para elegir sectores de la economía que funcionan a pérdida desde que Macri es presidente. La industria de la alimentación, la automotriz o la de electrodomésticos son apenas algunas de las sufrieron el derrumbe productivo. Pero el kirchnerismo eligió equivocadamente la industria aeronáutica para transmitir su mensaje preelectoral. La política de cielos abiertos y el ingreso al mercado de las low cost casi duplicaron la cantidad de pasajeros entre 2015 y este año. Hay más vuelos, pasajes más baratos e, incluso, más pilotos que trabajan en las compañías aéreas. Y el epicentro del reclamo clásico de Biró y sus amigos, que es el riesgo de privatización para Aerolíneas Argentinas, es a esta altura un fantasma al que nadie toma en serio.

Por eso, no es extraño que las protestas como la de los mensajes en los aviones o la falsa asamblea de hace dos semanas en varios aeropuertos hayan terminado siendo un búmeran que complicó en vez de ayudar a los planes de campaña de Alberto Fernández y de Cristina. El repunte del oficialismo que registran la mayoría de las encuestas modificó la actitud displicente que la ex presidenta venía teniendo en la campaña. Volvieron los tuits consecutivos y las frases de victimización en torno a la cobertura electoral de la prensa no alineada con el kirchnerismo. Como ejemplo del supuesto encierro mediático posteó párrafos de un artículo de El País de España que recogía datos y opiniones sobre el debate ya global que desataron Cuchuflito y Pindonga, incluyendo algunas precisiones aportadas por Clarín.

Salvo algunas excepciones como las de Juan Schiaretti o Juan Manuel Urtubey, son muchos los dirigentes peronistas que critican a Cristina fuera del registro público pero que aceptan mansamente su liderazgo. El sindrome de Estocolmo ha hecho estragos en el principal partido de oposición y allí está el ejemplo de Sergio Massa, aceptando después de seis años formar parte del mismo espacio político con aquellos a los que siempre acusó de haberle enviado un prefecto en 2013 para revisar su casa e intimidar a su familia en plena campaña electoral. Un intendente de uno de los partidos más importante del segundo cordón del Gran Buenos Aires define ese estado de situación con una frase inquietante: “Olvidate, nadie va a sacar los pies del plato; nosotros no queremos ni que Cristina nos mire…”, dice sonriendo el hombre cuando le preguntan si es posible que los barones del conurbano la perjudiquen en la elección con el corte de boleta.

Tal vez, la reflexión más importante de la semana no la haya dado un dirigente político, un filósofo ni un consultor experto en encuestas electorales. “Cómo están las cosas, yo busco lo más económico dentro de lo mejor y no siempre lo más caro es lo mejor”. El pensamiento lo dio a conocer el cómico Juan Díaz Cuchuflito en una entrevista con el periodista Ari Paluch. Respetuoso, sensato, despojado de pretensiones. A los 80 años, Cuchuflito es el protagonista de su propia parábola y reivindica mejor que nadie el valor histórico de las segundas marcas esquivando con elegancia lo peor del barro electoral.

 

 

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