Macri, a cara o ceca

19:17 | Adjudicar la crisis económica a la herencia es una simplificación. El Gobierno amontonó errores estos tres años.
Con el paquete de medidas económicas, Mauricio Macri decidió revolear una moneda que, según caiga, reseteará el presente y el futuro político. Es obvio que la apuesta inmediata consiste en conseguir la reelección que las encuestas indican en apremio. La consiga o no, provocará una onda expansiva inevitable en Cambiemos. En el primer caso, el mejor para él, difícilmente pueda durante el segundo mandato soslayar en la gestión a sus socios como lo hizo los tres primeros años. En especial a los radicales. En el segundo caso, sobrevendría con seguridad el terremoto. Tal vez, la unión del macrismo, la UCR y la Coalición Cívica pase a formar parte del recuerdo de un gobierno de transición.

El Presidente terminó por hacer lo que hizo porque se halló en un laberinto. Su apego al acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) no logró los resultados esperados. Salvo uno no menor: lo alejó de la posibilidad de un default. Lo dejó en la carrera electoral. Pero la volatilidad cambiaria, la inflación y la caída económica continuaron persistentes. Esa realidad comenzó a socavar su base de votantes.

Macri se enfrenta a esta dura situación por una multiplicidad de factores. Algunos, a esta altura, pierden consistencia y asemejan a una monserga. Hablar de la herencia kirchnerista suena a letanía aunque represente una verdad indesmentible. Quizás sería momento de hurgar en pecados propios. Está claro que la ingeniería que el Presidente imaginó para el área económica termina casi en decepción. No sólo por el mal cálculo que significó la instrumentación del gradualismo. También por las oscilaciones que vinieron después. El único reflejo firme consistió en aferrarse al salvataje del FMI.

La partición de la conducción de la economía desató una interminable sucesión de intrigas de poder que tampoco ayudaron. El propio Macri se molestó con el personalismo de Alfonso Prat Gay y decidió cesantearlo. Mantuvo fragmentados los ministerios de Hacienda y Finanzas hasta que el pacto con el FMI obligó a su fusión. Para concederle densidad política a Nicolás Dujovne, el interlocutor con la titular de aquel organismo, Christine Lagarde. Resultaron memorables en Cambiemos las disputas con el ex ministro de Energía, Juan José Aranguren, por la actualización de las tarifas. Macri se solidarizó siempre con el ex ejecutivo de Shell pero dos meses antes de la crisis de gabinete de septiembre del 2018 debió soltarle la mano. Llegó en su reemplazo Javier Iguacel que voló de su sillón al poco tiempo. El Presidente ungió entonces a su ministro coordinador, Gustavo Lopetegui. Pero este dirigente, por el contexto político, estuvo impedido de hacer lo que pensaba. De hecho, el congelamiento en la suba de tarifas (excepto el gas) forma parte neural del paquete de medidas lanzado en vísperas de Semana Santa.

Tanta obstinación del Presidente derivó en otros daños. Sólo parecieron disimularse mientras el espanto de la corrupción kirchnerista ocupó el primer plano de la atención pública. Nunca fue posible divisar en el Gobierno una conducción potente y cohesionada. Macri, salvo ciertos espamos, descree del hiperpresidencialismo que caracteriza a la Argentina, cuyas raíces inconfundibles residen en la historia peronista. Aquel ensayo no sería criticable si, al mismo tiempo, no hubiera horizontalizado en exceso la gestión económica. Tantas deliberaciones, al fin, requirieron siempre del laudo de él mismo o de Marcos Peña, su jefe de Gabinete. Trámite tortuoso y demasiadas veces ineficaz.

El Presidente parece aterrizar con este paquete de medidas económicas en situación de desventaja. Tal desventaja no la resume únicamente la crisis. También un golpe de timón demorado. Existiría además una combinación de debilidad política con una corrosión natural de la credibilidad. La disparada del riesgo país sería un reflejo. Macri nunca hizo caso –renegó de ellos—de los antecedentes de la democracia recuperada en 1983. Los momentos de estabilidad, que de todos modos nunca atacaron el fondo de los problemas económicos estructurales, ocurrieron en tres circunstancias con encajes precisos: Raúl Alfonsín y Juan Vital Sourrouille; Carlos Menem y Domingo Cavallo; Néstor Kirchner y Roberto Lavagna. Cristina Fernández imaginó a la economía como una materia manipulable sólo con el voluntarismo, la ideología y el relato. Así fue el desastroso legado que dejó.

Otro déficit que en la emergencia aflora fue la resistencia de Macri a ampliar la base política de Cambiemos. Quizás porque pensó que el gradualismo sería para siempre. Que el desierto actual figuraba apenas en la imaginación de los escépticos o los agoreros. Por aquella reticencia sufrió fisuras en el PRO. Tuvo encontronazos recurrentes con el radicalismo. La situación no escaló por la fidelidad de sus dos principales anclajes de poder: María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. La gobernadora de Buenos Aires y el jefe de gobierno porteño tejieron amalgamas con la oposición en sus distritos que le garantizaron gobernabilidad y margen de maniobra aún en tiempos difíciles. Ambos luchan ahora por conservar sus territorios, cruciales para la reelección de Macri, pese a que la caída de imagen del Presidente los perjudica.

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