La trampa de la pobreza

17:34 | Al menos durante las últimas tres décadas, dejando a un lado las crisis hiperinflacionarias y sus posteriores resiliencias al origen, los indicadores sociales en la Argentina dan cuenta de ciclos de fluctuaciones variables que se mueven en un rango más o menos constante de privaciones monetarias y estructurales. 
Proyectando la nueva metodología de medición de la pobreza monetaria del INDEC para ese largo período, estas fluctuaciones varían por lo general en un rango con pisos de 24% y techos de 34% de pobreza a nivel de la población urbana.

De ahí que registrar en la actual fase crítica a 32-34% de pobres, si bien son valores corrosivos cercanos al techo, tampoco son niveles que deban considerarse extraordinarios, sino por el contrario propios de un modelo de crecimiento que atraviesa un conflicto político y económico estructural.

El registro histórico cuidadoso muestra que a pesar de las fases de crecimiento o de la fuerte ampliación que han tenido las políticas de protección social durante las últimas casi dos décadas, con cada etapa político-económica siguen reproduciéndose estructuras socio-productivas-distributivas heterogéneas que ponen límites a la caída de la pobreza y a procesos de convergencia tanto a nivel regional como social.

Con cada ciclo, mientras que las clases medias altas se construyen más globalizadas y logran valorizar sus activos, los segmentos informales y las clases medias bajas se empobrecen en dimensiones tanto materiales como simbólicas, más segregadas y excluidas. Lejos de alguna siniestra estrategia generada desde algún espacio de poder, la pobreza crónica parece ser el efecto no buscado pero tampoco rechazado de un patrón económico-distributivo “liberal-conservador”, estructuralmente desequilibrado, con efectos de exclusión, marginalidad y segregación socio-demográfica y socio-ocupacional, tanto entre grupos sociales como entre y al interior de las diferentes regiones del país.

La crisis de 2016 contraída por herencia fue en sus alcances similar a la ocurrida durante 2014. La precariedad laboral, los salarios de subsistencia y la pobreza aumentaron, alcanzando, al menos esta última, valores cercanos al techo histórico. Al mismo tiempo que crecía el endeudamiento externo.

Si bien la luz al final del túnel tardó en aparecer, a partir del 2017, en un contexto preelectoral, emergió un nuevo ciclo corto de recuperación económica con mejoras en las remuneraciones reales, motorizado esto por una caída en la inflación y un aumento en el nivel de actividad de los sectores transables, financieros y la construcción, aunque a costa también de un elevado déficit público. En ese contexto, creció la inversión pública y privada en infraestructura, tuvieron lugar mejoras en las prestaciones sociales y se logró una parcial reactivación del mercado interno, lo cual hizo retroceder la pobreza monetaria y no monetaria de sectores medios, hasta llegar a valores cercanos al piso histórico.

Durante 2018, la inestabilidad financiera autogenerada, sumada a los efectos de la sequía sobre el PBI agropecuario, consolidaron una crisis externa que terminó con una fuerte depreciación del peso, una aceleración de la tasa de inflación y una caída del salario real. De esta manera, en menos de un año, la economía argentina pasó de un ciclo de crecimiento a una fuerte recesión. Esto implicó una caída del consumo interno y la entrada a un ciclo estanflacionario, con una nueva caída en la pobreza de sectores asalariados, jubilados y segmentos medios bajos.

Al igual que en 2008, 2014 y 2016, el deterioro socio-económico no ha sido disolutivo del sistema económico-financiero, ni tampoco ha generado -al menos todavía- una crisis grave en materia de empleo formal. Sin embargo, está siendo fuertemente regresiva para la micro, pequeña y mediana empresa, así como para los sectores de la economía social.

El principal mecanismo de transmisión de este deterioro es la retracción del mercado interno y de las capacidades económicas del sector informal. La desigualdad estructural se reproduce sobre la calidad de vida en todos los planos, y también deteriora a las políticas públicas que atienden a los pobres: educación, salud y protección social. En fin, nada nuevo en materia de fracaso social. Ni nada que no pueda ser revertido en una eventual siguiente fase de recuperación; aunque, cabe señalarlo, esta salida parcial podrá ser larga y costosa si las políticas de ajuste fiscal no están acompañadas de medidas contra cíclicas.

El desafío sigue siendo el día después. ¿Cómo superar esta trampa de pobreza? El diagnóstico es compartido: necesitamos un régimen socioeconómico capaz de generar más empleos de calidad, a la vez que políticas de inversión, innovación y desarrollo más agresivas en materia de productividad (energía, transporte, tecnología, etc.), así como en vivienda, hábitat, comunicación, salud y educación ¿Es ésta una meta imposible? Por supuesto que no, al menos desde el punto de vista técnico-económico. Pero el problema de fondo es otro: ¿disponemos como sociedad de las clases dirigentes en condiciones de conducir este proceso?; y, no menos importante, ¿los sectores económicos concentradores de ganancias ordinarias y extraordinarias están dispuestos en financiar esta “gran transformación”? Hasta ahora, a los primeros parece faltarles capacidad; los segundos parecen carecer de vocación.

Por ahora los costos de no innovar en materia político-económica ni político-institucional, se expresan en el número de pobres que con cada crisis se suman a las tasas de pobreza monetaria y de pobres crónicos afectados por esa condición. Lo que todavía no parece ser una medida suficientemente estudiada, discutida ni atendida es el grado en que la persistente desigualdad estructural nos aleja de un encuentro refundacional como Nación que haga posible un proyecto de futuro diferente.

Agustín Salvia es Sociólogo (Conicet/UBA/Observatorio Deuda Social Argentina-UCA).
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