DEBATE
02-11-2018
Los límites entre religión y política: convivir en un mundo distinto

18:18 | Las nuevas condiciones culturales de la posmodernidad, tan diversas a las que hemos conocido hasta ahora en el mundo en general, y en la Argentina en particular, requieren una nueva mirada de la que los fieles de las distintas confesiones religiosas tienen que hacerse cargo.

El régimen de confesionalidad, en efecto, parece estar siendo sometido en la actualidad a un creciente cuestionamiento. Las circunstancias han cambiado. La Argentina no es más la que conocieron nuestros padres y que, con sus más y sus menos, podía considerarse todavía una sociedad globalmente inspirada en valores hoy casi desaparecidos.

Piénsese por ejemplo que muchas personas aún recuerdan que durante la Semana Santa, las radios (la TV no existía) dejaban de transmitir su programación habitual para difundir música religiosa, favoreciendo un clima social de recogimiento espiritual. ¿Se imagina alguien que esto pudiera suceder ahora? A tal punto el influjo religiosa estaba presente en las instituciones, que cuando por una pulsión laicista se sustituyó el matrimonio religioso por el matrimonio civil, éste continuó siendo tan indisoluble como aquél. El vínculo matrimonial acuñado por la masonería siguió exhibiendo los caracteres esenciales del canónico durante casi un siglo.

Hoy no es así, al menos en los países occidentales, donde el género se expande, transformando los conceptos tradicionales de la sexualidad de un modo impensable pocos años atrás. En la Argentina fermenta una cultura “poscristiana” donde florecen nuevas corrientes de matriz orientalista o cultos populares como San La Muerte. No solamente porque se rompió el antiguo monopolio confesional, sino porque los valores tradicionales de anclaje religioso han sido casi completamente secularizados.

La disminución de la fe es correlativa del aumento del delito. La corrupción que ha tomado a todo el cuerpo social, no solamente el político, es buena prueba de ello. La apropiación de lo ajeno, sobre todo si se trata de fondos públicos, no es considerado un mal moral por una parte llamativamente considerable de la sociedad.

Contrariamente a lo que muchos apostaban, lo religioso no desaparece sino que se expresa de formas diferentes, y en el expansivo mundo islámico emergen nuevas mixturas de fundamentalismo, que configura una ideología de la fe. El humanismo secular y el laicismo intentan arrinconar a la religión en el recinto interior de la conciencia, pero ella sigue teniendo expresiones sociales y políticas.

Aunque los evangelistas se apartaron del juego electoral entre nosotros, su movilización en la reciente discusión sobre la interrupción de la vida prenatal ha motivado un retorno de su protagonismo en la vida pública. Las grandes iglesias evangélicas conformaron un factor clave en el triunfo de Jair Bolsonaro. El papel político de los protestantes en América Latina no deja de crecer de manera constante desde hace décadas, y por fin ha llegado a la Argentina.

¿Y los católicos? Todavía no parecen haberse repuesto de la embestida secularista. Ellos deben adecuarse a las nuevas realidades y reconocer que aún en un clima social hostil existen ocasiones oportunas para procurar vivir su fe de una manera más viva, más pura y más auténtica. También podrán enriquecer su patrimonio espiritual en un diálogo en el que deben aprender de ese otro distinto que perciben a su alrededor, entre otros motivos, porque la fe purifica la razón y la razón purifica la fe.

No se puede plantear la relación entre la fe y la cultura contemporánea como un juego de poder o una conquista de ciudadelas. Las cuestiones morales relativas a la vida social son importantes y desde luego que no pueden ser omitidas, entre otros motivos porque en ellas hay una exigencia intrínseca de justicia, pero ellas no pueden constituir la totalidad de la vida cristiana ni tampoco constituyen su centro esencial ni su corazón vital.

La capacidad de los fieles de las distintas confesiones para construir una sociedad que sea respetuosa de la dignidad de la persona no va a depender tanto de su eficacia organizativa ni de unos resortes institucionales o de una estrategia política (aunque desde luego no se ha de omitir su importancia), como de la radicalidad transformadora de su amor a todo ser humano, piense como piense y crea lo que crea, o no crea en nada.

Roberto Bosca es Director del Instituto de Cultura del Centro Universitario de Estudios (Cudes)
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